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Cuestión de querer; la prostitución vista desde una charla de bar

Vaya, antes que nada, una advertencia por delante: lo que en este texto se refleja es sólo una opinión, tan buena o tan mala, tan respetable o despreciable como cualquier otra. Es más, no es siquiera un texto que, como si fuera un editorial, representa las ideas de “Hotvalencia”, sino lo que cree uno de sus redactores, a quien deberían criticar, personalmente, quienes no estén de acuerdo o agradecer quienes sí.

Una vez aclarado qué vamos a leer y quién lo escribe, vamos a meternos en harina: no hace mucho, en una de esas charlas de bar, con dos –o tres- copas de por medio, surgía una de esas preguntas recurrentes: ¿debe o no regularse la prostitución?

¿Legalizamos la prostitución?

Ciertamente, cada vez que me preguntan esto mismo, tengo ya la respuesta debajo de la lengua: “¡Coño claro!”… pero esta vez mi interlocutor tenía ganas de palique, de modo que me tocó entrar en materia. Lo que me decía este hombre es que cómo vamos a legalizar a las putas que ejercen a escondidas y obligadas, o a esas otras que no quieren ser legales, ya porque les salga más rentable no serlo, ya por cualquier otro interés.

Aportar luz a la oscuridad

Veamos, le explicaba (y explico aquí): la legalización beneficiaría precisamente a las putas valencianas que ejercen de forma soterrada, en las calles y en clubes en donde la única protección a la que aspiran es la de un proxeneta cuya sola ambición suele ser que “sus chicas” ganen más dinero. En caso de que la prostituta ejerciera de forma legal, sin el halo de oscuridad y peligro que muchas veces –incluso por parte del propio cliente- se percibe, lo haría en un ambiente más seguro y agradable, para ella y para sus clientes.

Y es que de eso se trata, entre otras cosas, de trabajar de forma segura. Una puta a la que ampare la ley (y, por qué no, los defensores de la ley) no corre el peligro de que la atrape en sus garras una red de trata de personas. De acuerdo, nadie está libre, por muy legal que sea la forma de trabajar de puta… de modo que vamos a dejarlo en que, si está controlada, el peligro es menor.

La conversación con mi amigo siguió por estos derroteros, hablando de violencia y de la parte más desagradable de la prostitución durante un buen rato, si bien, y puesto que nos pusimos un poco… melodramáticos y que lo que aquí se pretende es resumir la conversación y argumentar en favor de legalizar el trabajo de las prostitutas, vamos a aplicar una elipsis y a exponer otra razón de por qué las putas deben ser legales:

Impuestos que revierten en las propias prostitutas

Un trabajo legal, además de ser más seguro, genera riqueza para todos en forma de impuestos “¡Vaya cosa! –decía mi interlocutor-, ¿por qué iban a querer las putas renunciar a un dinero que se ha ganado, sólo por el beneficio de todo el mundo?” De nuevo, la respuesta fue rápida, habida cuenta de que no era la primera vez que la daba:

– El dinero de los impuestos, provenga este de un astronauta o provenga de una puta, debe revertir primero en quien lo paga. Y, de no ser así, confiere al pagador fuerza moral para exigir el derecho a los servicios que se gana con sus impuestos.

Mejores condiciones de trabajo

Es más, y con esto enlazamos con el tercer argumento en favor de que la prostitución se regularice, esos impuestos de los que hablamos deben traducirse, en parte al menos, en mejorar las condiciones sanitarias de la profesión. Antes de que nadie se moleste o escandalice, matizo la frase en el siguiente párrafo.

Lo cierto es que en las últimas décadas han mejorado –al menos en líneas generales- las condiciones en las que las que las putas trabajan. Seguramente porque los clientes seamos algo más exigentes o tal vez porque ya se va sabiendo a qué nos exponemos cuando nos vamos de putas y la higiene no es la adecuada. Pero se trata de eso, de unas mejoras pensadas  solo para el cliente.

De legalizarse la prostitución, podemos esperar que la sanidad se ponga también del lado de la trabajadora. Así, además de las inspecciones de los diferentes lugares de trabajo, podemos esperar que las putas se puedan someter a revisiones médicas propias de su oficio. Y esto sólo por poner un par de ejemplos.

Parches y multas

Sin embargo, y a pesar de las más que evidentes ventajas, lejos de regularizar la prostitución, los diferentes gobiernos que van pasando, ya por La Moncloa, ya por las diferentes sedes regionales, se dedican a poner parches y mirar, de la manera más hipócrita, hacia otro lado.

Generalmente, los mandatarios dicen proteger a las putas, su dignidad y su integridad multando a los clientes y recluyéndolas allí donde nadie -¡ni la ley!- las ve ¿De verdad eso es proteger a una profesional? ¿Ocultar una actividad es dignificarla? Y, en el caso de que una mujer no trabaje libremente, ¿multar a quien haga uso de sus servicios va a contribuir a mejorar su vida y ayudarla a escapar de las garras de ciertos desalmados?

Un cambio de mentalidad… y luego de ley

A lo mejor sería más recomendable hacer natural el trabajo de las putas, quitarnos de encima esa estupidez hipócrita y represiva de siglos de tiranía eclesiástica y reconocer a las prostitutas como trabajadoras con una función tan necesaria como la de un albañil, un abogado o un barrendero.

Claro que, para soñar siquiera con lo que decimos en el párrafo anterior habría que cambiar conciencias y formas de pensar… Y eso de romper los esquemas establecidos conlleva un esfuerzo, además de un desgaste en cuanto a votos. A lo mejor es solo eso: voluntad y algo de desapego por el poder.

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