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La prostituta entre las páginas de nuestra historia

La prostitución forma una parte inherente de la vida cotidiana de nuestra sociedad desde hace siglos. Era una parte importante para algunos, una más para otros, y una censurable para los más introvertidos. Pero lo cierto es que es una de las actividades más antiguas desde que decidimos juntar casas para formar lo que denominamos una civilización.

Hay muchas obras testimoniales que funcionan como documentos históricos y pruebas materiales de la existencia de esta profesión desde hace siglos, pero, sin duda, uno de los registros más fieles e interesantes para descubrir la imagen que se tenía de las acompañantes sexuales en la historia de la humanidad, es el arte.

Las artes, como reflejo de la realidad filtrada que son, se dedican precisamente a enfocarla desde un punto de vista subjetivo, propio del autor de la obra, que tiene un sentido único y personal, donde las experiencias, recuerdos y concepción estética de la realidad forman la base teórica de su expresión. Este paradigma, llevado al mundo de los burdeles y las salas de acompañantes modernas, ha supuesto múltiples miradas hacia la figura de la mujer y el erotismo pagado. El impulso sexual ha sido en todos los tiempos uno de los grandes estímulos sino el que más. No existe mayor deseo que el de copular, y las oportunidades para buscar contactos eróticos se presentan o se buscan bajo ese mismo manto.

Prácticamente todas las disciplinas artísticas han plasmado este oficio milenario; desde la escultura y la pintura, hasta los posicionamientos más modernos de las artes cinematográficas. Pero si hay algún medio en el que las putas han sido especialmente utilizadas, tanto como recurso dramático como conceptual, este es en la literatura.

La figura de la mujer prostituta ha funcionado como reflejo de la sociedad plasmada, como referente de poder e individualismo o como elemento inspirador del propio artista. Se trata de una función altamente comprometida con todas las facetas del texto, tanto connotativas como denotativas, acudiendo a los mismos principios de la base conceptual del autor y pasando por su propia idea hacia el concepto.

Hetairas y cortesanas

De esta manera son las mujeres que ofrecen consuelo a los hombres cansados y hambrientos de conexión humana; son las avariciosas y las viles aprovechadas de incautos y simples; son las representantes de la independencia y seguridad en la mujer; son influyentes hetairas y cortesanas; o simplemente son personas que intentan ganarse la vida como pueden. Sea como sea, el tratamiento es amplio y variado, convirtiéndose en uno de los espejos más precisos donde reflejar la sociedad contemporánea.

No hace falta mirar lejos para descubrir su influencia. El libro más famoso de la historia contiene la figura de la puta como personaje esencial de su universo, un personaje que trascendería las páginas en la que está mostrada para convertirse en un símbolo cultural. Estamos hablando de María Magdalena y La Biblia, el libro más influyente de todos los tiempos y uno de los personajes más adorados del mundo.

Porque las putas no siempre han sido retratadas como producto atado a la realidad mundana y cruda. En muchas ocasiones han sido vistas como auténticos modelos divinos, fuentes de la sublimación y estética propias de actos divinos de inspiración y magia. Las putas aparecen como la belleza, como la perfección inalcanzable. Podemos verlo en obras tan conocidas como Ilíada, en el que las sacerdotisas en el templo fenicio de Astarté representaban la mirada sagrada. En palabras del propio texto “la pasión se veía como el ámbito de dioses como Eros o Afrodita, y Gorgias disculpa así el adulterio de Helena de Troya”.

Un ejemplo perfecto sería la reedición de El Libro de Monelle, de Marcel Schwob, donde el propio autor reconoce la importancia de una escort como inspiración. El estilo se mueve entre la fantasía propia del cuento de hadas con una poesía que lo recubre de un tono oscuro y macabro. Un libro que se muevo entre la ternura, la belleza y el horror, mostrando la mirada de una mujer especial y única. Sin Monelle no habría podido hacer la obra, asegura Marcel, una mujer cuyo drama personal y terrible final solo nos reconcilia con el lado más humano de nuestro yo.

Emilio Suárez, catedrático de Literatura de la Universidad Pompeu Fabra, reconoce la importancia de la puta en la literatura grecolatina, en la que cubrían un alto espectro en el prisma social. No hay que olvidar que en aquella época podían tratarse de esclavas o poderosas hetairas, capaces de infundir en el corazón ajeno influencias infinitas de sentimientos encontrados y revelaciones mágicas. Aspasia, por ejemplo, influyó en Pericles de una manera decisiva para que, según Plutarco, iniciara la guerra del Peloponeso.

Estas mujeres eran maestras de la seducción y de las artes del erotismo aplicado a los sentidos. Dominaban la danza y la música y accedían a las más altas esferas, donde el acceso a las mujeres “de a pie” era totalmente inalcanzable.

En obras como Los Cuentos de Canterbury de Chaucer o el Decamerón de Bocaccio, lejos de ver a la puta como una marginada social, la envuelve en un aro de misticismo, aunque en este caso, se trata de mujeres inteligentes y avariciosas, que quieren la fortuna de los hombres a los que seducen, enamorándolos con sus prácticas eróticas. Uno de los cambios más evidentes que se dieron respecto a la visión de las acompañantes sexuales fue durante el Romanticismo, donde los contactos eróticos manaban de la misma fuente del deseo carnal.

Nacía el derecho de la mujer y el reconocimiento a sus valores y aportaciones. La puta es idealizada como fuente de libertad e independencia, como mujer autónoma y segura de su propia realidad. Es una mujer fuerte y bella, mostrada en las palabras de los textos del romanticismo con la estética de la poesía divina.

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