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El mayor burdel medieval de España -sito en Valencia- se transforma en ruta turística

Hubo una época donde el mayor prostíbulo de España se encontraba en Valencia. Las prostitutas eran consideradas como las más caras de la península. Gozaban de un gran prestigio, y gentes de todos los lares visitaban la ciudad con el animo de calzarse a alguna prostituta valenciana. La difusión se conseguía únicamente a través de los propios y extraños que presumían de haber estado con algunas de ellas.

Ding-dong, suenan las campanas de la centenaria Catedral de Valencia cada día. Un sonido que por tradición y quizás porque ha formado una parte tan importante en la historia de las ciudades del pasado, despierta en los ciudadanos una sensación relajante, algo reconfortante que nos recuerda que estamos a salvo, que estamos en casa.

Se trata de una parte importante de nuestro pasado que sigue teniendo validez en la actualidad, no porque sea necesario (antiguamente se usaba para avisar del cierre de las puertas de la ciudad) sino porque nos recuerda que solo somos una parte más de algo que lleva con nosotros mucho tiempo.

En cierta manera, todas las celebraciones que se mantienen de tiempos medievales mantienen esta premisa. No son muchas las que quedan con vida, pero las que consiguen pasar de generación en generación, como el Corpus o las Fallas, representan una parte del pasado con el que nos podemos sentir identificados. Lo que ocurre es que la sociedad actual es un resultado inevitable de nuestro pasado, y como tal, puede reflejarse en sus costumbres, festejos y demás hábitos sociales.

La mancebía más grande de España

Esto lo podemos trasladar al asunto que ocupa este texto, ya que si hablamos de prostitución, podemos establecer que Valencia era una de las ciudades que mejor valorada la tenían. Es en esta ciudad donde podemos encontrar gran parte de su historia dedicada a las acompañantes sexuales, y es en esta ciudad donde se encontraba la mancebía más grande de la historia del Mediterráneo.

Estamos hablando del burdel que mayor espacio ha ocupado en Valencia y quizás en todo el mundo. Data de la época en la que Valencia era Babilonia, entre 1325 y 1671. Durante este periodo la prostitución era algo común y natural, no por ello necesariamente positivo en todos los contextos, pero sin duda se trataba de un mal que era necesario, tanto para los hombres de la época como para la estabilidad social.

La historia de este mega-prostíbulo es bastante interesante, ya que comenzó como una parte totalmente separada de la ciudad, a raíz del mandato producido por Jaime II el Justo. Antes de eso era simplemente una zona de la población que estaba dedicada a albergar las viviendas de las prostitutas; una suerte de callejón rojo de Ámsterdam, para que nos hagamos una idea.

Su crecimiento desmedido obligó a Jaime II a llevárselo fuera de las murallas que delimitaban la ciudad. Ocupaba un área que iba entre las calles Salvador Giner, Alta, Ripalda y Guillem de Castro, hacia el noroeste. Al menos hasta que en 1356 se quedara dentro de nuevo gracias a la expansión que tuvo lugar sobre el territorio ocupado por el pueblo valenciano.

Según la historiadora Noelia Ràngel, este tipo de zonas no eran una rareza en el mediterráneo, ni un fenómeno irrelevante de la Edad Media. Al contrario, se trataba de una dimensión esencial para dicha sociedad. Durante el control eclesiástico, la mirada hacia la puta fue diluyendo en un papel meramente utilitario, una herramienta que tenía una especificación social concreta y un rol de importancia capital.

Las prostitutas de Valencia, las más caras de la península

En efecto, la importancia de la mancebía en Valencia está recogida por historiadores y documentos escritos. Había otras como la de Sevilla y la de Barcelona, pero la fama de la de Valencia residía, aparte de su tamaño, en que ofrecía mayor calidad. Quizás porque se trataba de la única que se situaba en el interior de la ciudad o quizás porque el cuidado sanitario estaba bien estudiado y aplicado, con un control sobre el orden público que envidiaríamos en la actualidad.

Lo cierto es que fuese por el motivo que fuese, el éxito de esta mancebía no paraba de extenderse y de ampliar su influencia, lo que despertó recelos. Tal y como registra Eduardo Muñoz Saavedra en su libro ‘Ciudad y prostitución en España en los siglos XIV y XV’, algunas ciudades, en la que se incluye la valenciana, intentaron ponerle freno a la actividad a finales del siglo XIV mediante ayudas y reinserciones sociales a través del matrimonio.

Medidas que fracasaron en gran medida, ya que las “arrepentidas”, que era la denominación que se usaba para definir a las prostitutas reinsertadas, eran pocas. ¿La razón? Fácil: porque vivían francamente bien.

Las prostitutas valencianas habían cobrado una fama nacional remarcable, tanto por calidad como por cantidad, y los precios que cobraban se hacían valer. Las personas viajaban a Valencia solo para conocer los secretos que escondían estas representantes del erotismo mediterráneo.

Según el historiador Fernando Javier López, el dinero que costaba contratar los servicios de una prostituta en Valencia llegaba a doblar el de cualquier otra ciudad. Las meretrices vestían con las mejores sedas para contentar a los clientes más ricos, lo que las permitía llevar ropa y joyas de lujo para la envidia de las propias damas de la alta sociedad.

Representaban el poder del lado más  erótico de la mujer, algo que podemos recoger como testigo actual de lo que significa la prostitución valenciana. Sin duda esta fue una de las primeras representaciones liberadoras de la prostituta, que mediante la calidad de sus servicios se ganaban el respeto y la admiración por parte de toda la corona española. Un ejemplo a seguir para la profesión que se continúa impartiendo en la actualidad en lugares como HotValencia.

La prostitución como herencia cultural

Tal es el calado de la prostitución en la tradición e historia valenciana que hasta las propias obras arquitectónicas hacen referencia a las cortesanas. Un ejemplo lo tenemos en la propia figura icónica con la que abríamos este artículo, la Catedral de Valencia, en la que podemos ver una gárgola con la figura de una mujer sujetándose los pechos de manera lasciva. Otra, de La Lonja, se muestra totalmente desnuda y con impunidad hacia su sexo señalando el lugar donde se encontraba el burdel.

Era una ciudad dentro de la ciudad que atraía visitantes y que daba prosperidad a los negocios que se situaban cerca. Así, los hosteleros eran capaces de ver sus ventas aumentadas ofreciendo comidas, cenas o festejos para los clientes y las prostitutas valencianas. Algunas de las mujeres tenían talentos para el canto o para el baile, lo que en ocasiones redundaba en celebraciones parecidas a las ofrecidas por las geishas en Japón.

Finalmente, y tras mucha tristeza para gran parte de la población masculina que tenía a las prostitutas como auténticas amantes, se impuso la severidad y la disciplina, terminando con el cierre de la mancebía en los primeros años del reinado de Carlos II, a finales del XVII. Se acaba de esta manera con los gemidos y festejos en las calles de la ciudad valenciana, llevándose a las últimas prostitutas a la casa de las repenides, el convento de San Gregorio, justo donde hoy se encuentra el Teatro Olympia de Valencia, en la calle San Vicente.

Actualmente, la empresa de viajes DPM, especializada en paquetes temáticos, organiza visitas a los lugares más emblemáticos del lenocinio valenciano, convirtiendo lo que fue parte inherente de la sociedad de la edad media en una ruta turística para el disfrute y recuerdo de los visitantes más curiosos. Se recuerda de esta manera parte de nuestro pasado relacionado con una actividad que ha acompañado al hombre desde sus inicios en sociedad, y que al igual que las campanadas de la catedral nunca terminará por abandonarnos, sino creciendo y mejorando el eco de su influencia.

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