putas de lujo

Las señoritas de compañía de Hollywood

Las escorts en Valencia y el mundo que las rodea pueden, como casi todo en la vida, verse y explicarse de muchas maneras. Y eso es lo que vamos a ver este artículo, cómo podemos hablar de las putas y de su vida, mediante el cine, de formas muy distintas. Para ello examinaremos dos películas: la estadounidense “Pretty Woman” y la española “Princesas”.

Vamos a empezar por la norteamericana, que muy pocos han dejado de ver. Primero, de qué trata: Edward Lewis –Richard Gere-, un millonario que viaja habitualmente a Los Angeles y duerme en el lujoso Regent Beverly Wilshire, lleva a su habitación a una puta, Vivian Ward –Julia Roberts-, para unas horas.

A pesar del poco estilo de la escort, a Edward le encanta su inocencia y la invita a quedarse con él toda la semana a cambio de tres mil dólares. Visto el sueldo, ella se queda. A partir de aquí, lo que cabe esperar: se van conociendo e intimando, lo que hace que nazcan sentimientos, a la vez que él le enseña a ella los modales y el estilo de la alta sociedad.

Mientras tanto, el director del hotel ayuda en secreto a Vivian y a su amiga Kit a la vez que es testigo de como la puta y su cliente van enamorándose ¿El final? Pues, el previsible y, desde luego, no apto para diabéticos.

La puta realidad

En cuanto a la película española protagonizada por escorts, “Princesas”, nos cuenta la historia de Caye, una puta de cerca de treinta años, con un atractivo casi barriobajero y de Zulema, una belleza dominicana, dulce a la vez que oscura. Aquí, las protagonistas son ellas, duras y enfrentadas, en un mundo sin piedad: las españolas no quieren a las putas inmigrantes cerca y sólo se hacen amigas cuando comprenden que están obligadas a jugar en el mismo equipo.

A diferencia de la azucarada comedia romántica dirigida por Garry Marshall, la obra de Fernando León de Aranoa es un drama descarnado en el que lo de menos es el sexo y menos aún el amor de Cupido, flechita y collar de perlas naturales. Es la diferencia entre decir señorita de vida alegre, medio sonrojado y con una sonrisita en los labios y puta. Así, con sus cuatro letras y cero de anestesia.

Salimos a la calle de Caye

Mencionadas ambas películas, salgamos al mundo real, en el que los millonarios que pueden pagar un sueldo de tres mil dólares a la semana no se enamoran de una escort, por muy Julia Roberts que sea. Sin embargo, y como decíamos hace cuatrocientas treinta y siete palabras “Las escorts y el mundo que las rodea pueden, como casi todo en la vida, verse y explicarse de muchas maneras”.

Ciertamente, y sin ánimo de ponernos demasiado filosóficos, las palabras configuran la realidad –una cosa no lo es hasta que no la nombramos. Por ejemplo, una mesa no es una mesa hasta que le conferimos su nombre-. Es más, y según cuál de las palabras disponibles para una cosa empleemos, le estamos dando un carácter u otro.

Cada cosa, por su nombre

De esta forma, no es lo mismo decir puta que prostituta, escort o dama de compañía. Si eres un lector habitual de este espacio, sabrás que no somos lo que se entiende por unos adalides de lo políticamente correcto. Sin embargo, nos gusta usar el nombre de una realidad para nombrarla: una puta es una puta, irse de putas es irse de putas y echar un polvo es… un placer.

Dicho esto, empleamos las palabras sin recurrir a eufemismos ni correcciones políticas porque consideramos que no puede darse menor falta de respeto por las putas que tratar su trabajo como un tabú, como si nos avergonzáramos de hablar de lo que hacen. No. Una puta desempeña un trabajo, en muchas ocasiones, más digno que el de otros a los que hemos votado por honorables. Y, aquí, quien esté libre de pecado…

Ciertamente, y volvemos a hablar del lenguaje y del uso que le dan sus hablantes, la cuna del español es una tierra de pillos capaces de reírse de quien los está destripando. Y es por eso, por picardía y por humor que se ha desarrollado toda una jerga en torno a las realidades y actividades que los  poderes civiles y religiosos no veían con buenos ojos –de ahí que existan tantas fórmulas para habar de putas y que no se entere el alguacil o reírse en las barbas del mosén de turno-. Pero de esa variedad hablaremos en otro momento.

La corrección no siempre es correcta

De lo que aquí se trata es de cómo le conferimos carta de existencia a la prostitución y de que no todas las fórmulas deberían ser válidas. Habida cuenta de que el alguacil del párrafo anterior no nos va a decir ni pío y de que ya no nos creemos los cuentos de las calderas de Pedro Botero que nos cuenta el monje, podemos dejarnos picardías que acaban por despreciar el trabajo de las putas.

Salvo que sea por ponerle el humor que siempre ha de acompañar al sexo, ¿por qué hemos de retorcer el lenguaje? ¿Es que hacemos algún favor a las escort viciando la realidad al retorcer el modo de referirnos a ella? A mi modo de ver, no.

Es por eso que, aunque más dura, me quedo con una película que, si tratara de otros temas, me gustaría menos. A mí, dadme “Princesas”, dura pero real. Yo me quedo con la imperfecta pero real Caye antes que con una imposible –por muy bien que actúe Julia Roberts- Vivian. Que no, que no quiero azúcar: una puta es una puta: una muy digna profesional que se gana la vida con el sexo.

Todo lo demás, princesitas de Disney que esperan que un millonario venga a sacarlas de la miseria en una limusina blanca, son tonterías edulcoradas de Hollywood que les hacen un muy flaco favor a las verdaderas y muy honradas putas.

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